
En un país donde las políticas públicas parecen diseñadas para enredar más que para resolver, el culebrón de Sargadelos en Cervo, Lugo, ha alcanzado su clímax tragicómico. El 2 de abril de 2025, la icónica fábrica de cerámica gallega, esa que durante dos siglos ha vestido de blanco y azul cobalto el orgullo regional, cerró sus puertas con un portazo que resonó desde la Mariña Lucense hasta las páginas de La Rebelión de Atlas de Ayn Rand. Sí, señores, el espíritu de John Galt ha encontrado un improbable discípulo en Segismundo García, el administrador único de Sargadelos, quien, harto de multas y normativas, ha decidido que si no puede jugar a su manera, mejor se lleva el balón y deja el campo vacío. Y de paso, a 100 trabajadores en la calle y a Galicia con un trozo menos de su alma.
Sargadelos: de emblema cultural a chiste burocrático
Sargadelos no es solo una fábrica; es un símbolo. Fundada en 1806 y resucitada en el siglo XX por Isaac Díaz Pardo y Luis Seoane, fue un faro de resistencia cultural gallega, un recordatorio de que el arte y la industria podían sobrevivir a la sombra de la dictadura. Pero llegó 2025, y con él, el drama. El 30 de marzo, García, en un arranque que mezcla indignación y teatro, envió una carta a Inspección de Trabajo pidiendo el “cierre y precintado” de la fábrica tras una multa de 5.000 euros por 36 irregularidades. Entre ellas, la exposición a sílice cristalina, que ya dejó a dos trabajadoras con neumoconiosis, una enfermedad que suena a siglo XIX pero que, al parecer, sigue siendo un souvenir de la modernidad industrial gallega. García, con la sutileza de un elefante en una cacharrería, argumentó que las reformas exigidas eran inviables y que las normativas ignoraban la “realidad económica” de la empresa. Dicho de otro modo: si el Estado quiere jugar a ser niñera, que se busque otro niño.
Y así, el 2 de abril, García cumplió su amenaza y bajó la persiana de Cervo, declarada Bien de Interés Cultural, como quien clausura un chiringuito en invierno. En un gesto que destila ironía, sugirió convertir la fábrica en un “centro de interpretación de la cerámica”. ¿Un museo para lo que él mismo mató? La idea tiene el encanto de un epitafio escrito por el propio difunto. Mientras tanto, la Xunta, el BNG y el PSdeG se han lanzado a un frenesí de declaraciones, pidiendo “soluciones” con la misma convicción con la que uno pide lluvia en el desierto. CC.OO., por su parte, ha calificado el cierre de “incomprensible”, recordando que Sargadelos no estaba en números rojos: en 2023, tuvo un beneficio neto de 321.000 euros y un aumento del 32% en su resultado de explotación. Pero claro, ¿quién necesita datos cuando tienes principios?
“La Rebelión de Atlas”: cuando el empresario se cree un mártir
El caso Sargadelos ha desempolvado La Rebelión de Atlas, esa biblia del individualismo que Ayn Rand escribió para que los empresarios se sintieran héroes mientras el mundo se desmorona. En la novela, los titanes de la industria, hartos de un gobierno que les ahoga con regulaciones, deciden abandonar el barco y dejar que la sociedad se hunda. García parece haberse leído el libro y tomado el mensaje al pie de la letra: si Inspección de Trabajo le pone multas por no proteger a sus trabajadores, él no se molesta en negociar ni en invertir; simplemente cierra y que el mundo arda. Es el John Galt de la cerámica, pero con menos glamour y más polvo de sílice.
La ironía es que Sargadelos no estaba al borde del abismo. No era una empresa en quiebra, sino una que, con un poco de voluntad, podría haber adaptado sus procesos. Pero García prefirió el drama: cerrar una fábrica histórica, despedir a 100 personas y dejar a Galicia con un vacío cultural que no se llena con discursos. Todo porque, según él, las normativas son “injustas”. Uno se pregunta si también considera injusto que sus trabajadoras respiren sin temor a enfermar. Pero claro, en el universo de Rand, los héroes no se preocupan por los detalles; ellos construyen, y si el mundo no los aprecia, que se las apañe solo.
Políticas públicas: el arte de dispararse en el pie
El caso Sargadelos pone en el banquillo a las políticas públicas españolas, un galimatías de buenas intenciones y pésima ejecución. Por un lado, Inspección de Trabajo hace su labor: proteger a los trabajadores de condiciones que, en 2025, no deberían ser un problema. La sílice cristalina no es un misterio; hay protocolos para mitigarla, pero requieren inversión, algo que García no estaba dispuesto a asumir. Por otro lado, el Estado español, con su maraña de regulaciones, a menudo ignora las realidades de las pymes, que no tienen los recursos de una multinacional para adaptarse de la noche a la mañana. El resultado es un choque de trenes: el empresario que se niega a ceder y un sistema que no sabe dialogar.
La Xunta, que ahora llora la pérdida de Sargadelos, podría haber mediado antes, ofreciendo incentivos o plazos más flexibles para las reformas. Pero en España, la política suele llegar tarde y mal, con discursos grandilocuentes y pocas soluciones prácticas. Mientras tanto, Cervo se queda sin su fábrica, los trabajadores sin su sustento, y Galicia con un pedazo menos de su identidad. Todo porque nadie quiso ceder un milímetro: ni García, que prefirió el martirio al compromiso, ni un sistema que confunde rigidez con justicia.
Un epitafio para Sargadelos
Sargadelos no merecía este final. Merecía un empresario que luchara por su legado, no que lo usara como rehén en una cruzada ideológica. Merecía un Estado que entendiera que la cultura y la industria no se salvan con multas, sino con diálogo. Y merecía una sociedad que no tuviera que elegir entre el bienestar de los trabajadores y la supervivencia de un símbolo. Pero aquí estamos, contemplando los restos de un naufragio que no tuvo que ser. Si Ayn Rand estuviera viva, probablemente aplaudiría a García por su “rebelión”. El resto de nosotros, sin embargo, solo podemos lamentar que, en este sainete, no haya héroes, solo perdedores.
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